[Por: Darío Jaramillo Agudelo] (Colombia)


UNA MIRADA
AL ARCHIVO FOTOGRÁFICO
DEL POETA
DARÍO JARAMILLO AGUDELO

Parece una ley. No es una ley porque en estos asuntos solamente hay leyes de un solo caso. Pero parece: la vida de las artes se alimenta desde los márgenes. Por eso las artes cambian, por eso se transforman.
La poesía, por ejemplo, cuya muerte es admitida como un hecho. Y mentiras. Ahí está. En el margen. Sin convertirse en mercancía. Con valor y sin precio. Ahí está, hecha por los seres más anti-poéticos que existen y alimentándose del habla –decía Keats–. En los márgenes.
Algo parecido pasa con la pintura (¿será una ley?). Expulsada de los museos –dedicados a cosas tan importantes como al negocio funerario o a las formas de la memoria, dubitando entre el fósil y el video–. Incómoda en las galerías, necesitadas de firmas que vendan, más interesadas en la mercadotecnia que en la pintura, trabajando más para la decoración que para el arte, vendiendo cuadros con precio y sin valor.
Sin museos, sin galerías, acorralada por la moda y el culto a la firma, ¿dónde demonios se refugió el arte de pintar? Pues también en los márgenes.
En los márgenes porque el oxígeno del arte está en el margen, en la calle, en los muros: allí expresa toda su energía, toda su agudeza, todo su talento, en fin, toda su libertad. En la calle, en plena calle, sin intermediarios entre la pintura y su dueño, que es el peatón. Aquí no hay precio, pero existe el valor: el valor del acto libre, el valor de la intención estética sobre un muro anodino (pared que deja de ser anodina cuando a ella llega la energía de la pintura), el valor de la crítica, el valor del juego.
Cuando anexo a la imagen aparece el mensaje verbal, este hace parte de la imagen misma. Gratuito por excelencia, el arte de la pared callejera deja en la nada la identidad del individuo que se la regaló al mundo: no hay aquí feria de vanidades, ni egolatrías, ni narcicismo. Cuando mucho la firma identifica un estilo, una manera de decir, pero no infla el ego de nadie. Ni Toxicómano, ni Lesivo, ni Guache, ni Dj Lu tienen cara. No sabemos cómo hablan. Existen como pintura, como estarcido, como dibujo. Ni siquiera pintan para la incómoda posteridad y han asumido que su arte es efímero, que lo borrará la intemperie, otra pintura o algún cartel que quiera ese espacio para vendernos algo o para decir que alguien murió.
Que la pintura callejera sea efímera pasa a convertirse en una cualidad: cada día el ejercicio del artista, el renovado placer de su juego, la huella de goce en el peatón que conversa con el muro, que oye las vibraciones de una imagen fresca y vital. Imagen –acto de amor a Bogotá–, cuyo eco alcanza a perdurar en estas formas, signos y símbolos.
[Este texto tuvo una primera publicación en: Mejía Olivera, M. (2012). Calle esos ojos / fotografías. Marcelo Mejía [et al.]. Bogotá Street Art. Las fotografías son inéditas y pertenecen al archivo fotográfico del autor.]
