[Por: Samuel Vásquez] (Colombia)


ENSAYO SOBRE LA POESÍA
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En poesía los prólogos son innecesarios.
Tal como son innecesarios en ella los métodos, las pruebas.
Las pruebas estancan el vuelo, encierran el acontecimiento.
Por ello, la poesía privilegia las huellas que nos permiten soñar. Que nos invitan a soñar.
Dice René Char que la huella es “la habitante despreciable del presente, no busca desarrollar un discurso, pero queda un recuerdo pronto reconocido, un vado de azar; y siendo lo más aromatizado generalmente un atajo, ella es un avance sobre la obra humana”.
La poesía es la huella y el sendero.
La poesía, en su advenimiento, exige y crea un espacio de silencio, un sonido de vacío, como preámbulo a su acontecer. Al emerger la poesía, calla la prosa cotidiana y se suspende el tiempo histórico y doméstico, creando su propio instante: instante que no cesa.
La poesía emerge en su doble acepción: brota intempestiva desde abajo, y atiende una urgencia espiritual. Atiende una emergencia, una situación de peligro que requiere acción inmediata.
Al suspender la continuidad del tiempo, rompe la insistencia del pensamiento racional en su duración encadenada. La poesía suspende el tiempo cotidiano que con su fuerte y decidida percusión impone su ritmo a la vida, a sus recreos y a sus sueños. El tiempo sucesivo no sirve a la poesía porque ella no tolera su linealidad lógica, con su adelante y atrás; en cambio ella acoge la simultaneidad que no discurre.

Unas son las cosas que pasan, que transcurren, que las lleva en su lomo el río del tiempo, que arrastran memoria en su corriente como un sedimento. Otras las cosas que están, que ocupan un lugar. No se relacionan con el espacio, sino que lo engendran: el espacio es su criatura. Otras las que son. Y no son para…, sino que esencialmente son. Son ellas mismas. No tienen memoria, sino que la generan. El transcurrir de la vida y el devenir del mundo no deciden el ritmo ni la velocidad del poema.
“Es que el arte y la poesía no sirven para nada”, oigo repetir. Y es verdad. No sirven porque no son sirvientes de nada ni de nadie. Sin embargo, en esa quietud, en esa apariencia inservible se oculta un misterio, un milagro o una verdad a los que no accederás hasta que adquieras unos ojos, unos oídos y un alma capaces de intuición. La intuición es un exceso de velocidad de la sensibilidad y un arrebato de percepción de la inteligencia. “Para la intuición las imágenes del inconsciente no tienen menor rango que las cosas o los objetos”, dice Jung.
El instante poético es un tiempo complejo, que condensa vida, pensamiento y deseo en un mismo, único y simultáneo acto. En tan pocas palabras el poema da un universo, un ser, un alma. Toda creación alumbra de plenitud. Toda creación auténtica es un desbordamiento incontenible que se hace manifiesto. Se da por un exceso de madurez y saturación o por una necesidad esencial, inapagable.
Oigo a José Ángel Valente: “[…] ‘los clasificadores de cosas –dice Pessoa–, son aquellos hombres de ciencia cuya ciencia consiste sólo en clasificar; ignoran, en general, que lo clasificable es infinito y, por tanto, no se puede clasificar. Pero en lo que consiste mi pasmo es en que ignoren la existencia de clasificables desconocidos, cosas del alma y de la conciencia que se encuentran en los intersticios del conocimiento’. Tal es el lugar. Ahí, precisamente, en ese espacio intersticial, en los intersticios del conocer, está el poema, está la obra de arte, un «clasificable desconocido» o ignorado o esencialmente ignoto, que irrumpe en lugares intermedios, en los lugares de la mediación, lugares de alto riesgo, donde se trata o se entra en pugna abierta con los dioses y con los demonios.
Es ése el territorio de la obra: “no lo visible ni lo invisible, sino el espacio, sutil, contiguo a ambos […]”. Pareciera que todas las cosas tuvieran una forma externa (visible), y una forma interior (invisible). Me parece que la poesía apunta al intersticio entre la forma interior (secreta) de las cosas y su forma visible. Esa capacidad de mirar el intersticio de las cosas es su función natural.
Y Bataille lo dice de esta manera: “la poesía no acepta los datos de los sentidos en su total desnudez, pero la poesía no siempre desprecia –más bien, rara vez desprecia– el universo exterior. Lo que rechaza son los límites precisos entre los mismos objetos, pero admite su carácter exterior. Niega y destruye la realidad inmediata, porque la considera la pantalla que nos disimula el verdadero rostro del mundo. Pero no por ello deja de admitir la exterioridad con relación al yo de los utensilios”.

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Es fácil constatar el fracaso de la crítica y de la curaduría de las artes visuales colombianas en su incapacidad para ubicar con justicia y oportunidad en el contexto del arte latinoamericano a artistas fundacionales y significativos para la región como Andrés de Santa María (1860-1945), Édgar Negret (1920-2012), Óscar Muñoz (1951) o José Antonio Suárez (1955), que por su poética, imaginación y singularidad merecen estar al lado de los más representativos artistas de este continente.
De igual manera es fácil demostrar el fracaso de historiadores y compiladores de la poesía hecha en Colombia, al no haber logrado que ésta sea leída, considerada, apreciada, valorada y difundida en la medida en que merece y reclama. Cuando llegan del exterior invitaciones oficiales a congresos o seminarios internacionales para discutir sobre poesía, los funcionarios gubernamentales se autopostulan para asistir, arrebatándole a un poeta la posibilidad de presentar, con conocimiento y suficiencia, las realizaciones y la evolución de la poesía en Colombia. Hay que advertir que la Academia se comporta de similar manera.
Así mismo, los directores de festivales de poesía han establecido un impune tráfico de influencias donde, sin vergüenza, se auto instituyen como representantes de la poesía de su país y se eligen a sí mismos, a sus familiares o amigos íntimos para representarlo en festivales de otros países. Es revelador advertir que, después de más de dos décadas de festivales internacionales con subvenciones estatales y empresariales elevadísimas, la venta de libros de poesía por habitante no sólo no se ha incrementado, sino que ha disminuido.
Según el Centro Regional por el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC) y el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), hay hoy en Colombia 7,2 % menos lectores que hace cuatro años, a pesar de los cuatro festivales internacionales de poesía que se realizan anualmente.
Y en la encuesta de percepción ciudadana de “Medellín Cómo Vamos”, el resultado fue que en 2015 el promedio de libros leídos por personas mayores de 18 años fue de 0.65 y en 2014 de 0.9. ¡Disminuyó! De esa minoría el 70% de ellos son textos escolares y de “autoayuda”, y seis de cada diez lectores colombianos no entienden lo que leen.
En semejante tierra baldía se da nuestra poesía. Se trata entonces la nuestra, de una poesía de resistencia. “El resistir lo es todo» (Rainer Maria Rilke). Resistencia contra las tendencias dominantes del mercado editorial que ha abandonado casi totalmente la publicación de libros de poesía. Resistencia contra la burocracia cultural que privilegia para su apoyo económico, publicación, difusión y programación, a un novelista mediocre que a un buen poeta. Resistencia contra los medios de comunicación que han homologado entretenimiento y cultura y prefieren un cantante comercial de pobre música y tontas letras a cualquier artista significativo de hondo calado poético. Toda resistencia es búsqueda de un viento irreprochable.
Poetas como Aurelio Arturo (1906-1974), Héctor Rojas Herazo (1921-2002), Álvaro Mutis (1923-2013), José Manuel Arango (1937-2002) y algunos más, merecen ser mejor leídos y más apreciados en Latinoamérica. José Manuel Arango y Juan Manuel Roca son, seguramente, quienes han suscitado el mayor interés entre los poetas posteriores a ellos. (No alcanzo a explicarme por qué no lo han sido Héctor Rojas Herazo y Álvaro Mutis). Son legión los que empezaron a escribir bajo la influencia de Arango y Roca –no siempre bien asimilada–, por lo que la obra de la mayoría de ellos no pasó de ser un espejo tardío de sus palabras, un eco recalentado e intrascendente de sus temas, melodías, ritmos y maneras. A veces hacen una constante de alguno de sus elementos fundamentales y sobre él generan, cómoda o maliciosamente, algunas variables superficiales. Es decir, se apropian indebidamente de una estética ya establecida, consumada y cerrada, en lugar de heredar legítimamente su poética generadora.
O se descubre una nueva realidad o se inventa un ojo nuevo. La poesía está más allá de las palabras. La poesía empieza donde las palabras no alcanzan.

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Hay una constante tensión entre lo visible y lo invisible, entre lo cotidiano y lo trascendente, y esta oposición no los escinde de manera tajante e irreconciliable, sino que mutuamente se alimentan, no de manera parasitaria sino de forma simbiótica, hasta llegar a una nueva situación en el arte hoy que es lo sagrado secularizado.
La materialidad del poema, su realidad verbal que se agrega a lo real, da sabor al saber del poema, y da concreción a su forma. Es decir, proyecta las sensaciones materiales, visuales y acústicas del poema e invita a su goce carnal: la materialidad del poema es la encarnación del verbo.
Cuánta dosis de eternidad le pone el poeta al súbito instante de la escritura.
Cuánto de nueva luz pone a las cosas que nos hace verlas ahora.
Cuánto de visión pone, que nos lleva a ver lo que pasará.
No se trata de pintar, se trata de ver. Se pinta para ver mejor. Se escribe para oír mejor. Pero se trata de ver no sólo lo que está, sino lo que no está. Se trata de escribir no sólo lo que oímos, sino lo que no hemos escuchado todavía. La poesía se pone de frente a sí misma y se hace visible en su esencia, a través de las palabras que la buscan, dice Maurice Blanchot. Se hace arte y poesía para conocer, no para ser conocido.
Una de las funciones del arte y la poesía es atrapar más y más realidad cada vez. Realidad visible e invisible. Cuando un pedazo de realidad es atrapado por la red del poeta y empieza a sentirse preso o a acomodarse, es liberado al instante para que vuele y enriquezca lo real con esta realidad-otra que el poeta ha creado, iluminado o transformado.
El gesto es la exclamación de un deseo.
El acto es la manifestación de aprobación de una continuidad, o de subversión de una realidad que no nos satisface.
En cada acto se da, voluntaria o inconscientemente, una aprobación o una conspiración de la realidad.
Una flor es un gesto. Una manzana es un acto. Una brisa es un gesto. Un rayo es un acto. Una idea es un gesto. Una bomba es un acto que respalda o dinamita esa idea. La pintura es un gesto. La estética es un acto. Una bandera es un gesto. Un campo de concentración es un acto infame y canalla. Encontrar la armonía de los ges-tos es tan difícil como encontrar la armonía de los actos.
Otra de las funciones del arte y la poesía es la de ampliar la visión de mundo y ampliar la sensibilidad y la conciencia de ese mundo. De la visión objetiva se han apropiado la fotografía, el microscopio, la investigación judicial. Y de la descripción se han apropiado la geografía, la crónica y el periodismo

Nunca la copia de lo visible es lo que llama a la poesía, sino lo que ella proyecta sobre lo visible: su visión. La poesía no busca su afirmación en las pruebas, que pertenecen más a las ciencias forenses y a la cartografía que al arte. La poesía atiende a las huellas, a los indicios, a los vestigios, que nos invitan a soñar.
La poesía es la huella súbita del ahora mismo. Es el encuentro de una verdad invisible que se opone a una verdad construida y establecida por el poder. Figurar es darle visibilidad a lo desconocido cierto, de una certeza que autentican la intuición y el corazón. Figurar es subvertir lo aprendido con la acción caótica del deseo por lo desconocido. La poesía salva un recuerdo esencial en peligro. Y el recordar del poeta –no distraído por las confituras y las alas de la vanidad–, es un ejercicio ético.
La poesía no transforma la realidad objetiva del ser humano, pero sí incide en su realidad subjetiva. Realidad subjetiva que confronta la realidad histórica que redacta y difunde el poder. La poesía es resistencia espiritual y sedición contra el avasallamiento de esa otra realidad material inhumana.
La realidad subjetiva es más universal y duradera de lo que se cree. Lo objetivo es lo que el hombre trata de cambiar en todo momento. Pero la poesía no es el templo de las creencias ni el palacio de las convicciones, sino el lugar de las dudas. No es el sitio de la exacerbación jubilosa del deseo de lo bello, sino la turbada consumación de un acto de belleza.

Dice René Char, “yo no abogo por la torre de marfil… sino por el conocimiento exacto de los motivos. No se desconfía lo suficiente de la impropiedad, no sólo de los términos, sino de la farsa de los acontecimientos…”.
Todo poema verdadero es una apertura. No se contenta con ponerse en nuestros zapatos, ni con conquistar el horizonte, sino que la alquimia del verbo funda un lugar-otro, haciendo aparecer ante nosotros un espacio que tiene la extensión de nuestra respiración, y que al nombrarlo se hace habitable: un espacio imaginario, inefable, que sólo la poesía es capaz de designar.
Cada poeta verdadero es único en su especie. No tiene padres, no ha sido parido, es víctima del milagro. Hay que reinventar el amor, urgía Rimbaud, pero antes hay que reinventar a los seres humanos que practicarán ese amor-otro. Si el hombre del Paleolítico hubiese conocido la sonrisa de Marilyn Monroe, habría salido corriendo despavorido.
Quienes han propagado entre nosotros la buena idea de cambiar el mundo, se han negado a cambiar ellos mismos. El lenguaje que usan, que debiera ser liberador, es el mismo lenguaje del poder. Es decir, es subsidiario del lenguaje del opresor. Por eso se les hace tan fácil recibir parte del botín del poder, sin escrúpulo alguno. Por eso se les hace fácil participar de la sociedad del espectáculo, sin el menor reparo. Sociedad del espectáculo que no sólo es permitida, sino que es diseñada y aupada por el poder mismo. Por eso tan dócilmente se someten a su normatividad y vigilancia.
Quien desea el cambio precisa encontrar un lenguaje-otro. Que la poesía despierte la palabra, que la palabra despierte el lenguaje, que el lenguaje despierte al hombre. Quien anhela la libertad debe liberarse a sí mismo emprendiendo su propia guerrilla interior contra su hipocresía, su ansia de poder, su conformidad, su autocomplacencia.
La publicitada civilización occidental está decida a avasallar todas las culturas, para imponer una sola: la cultura de los ganadores, de los listos, de los desplazadores. La dinámica civilizatoria no se para en consideraciones formales o sutilezas poé-ticas de las culturas locales, con tal de imponer sus prosas periodísticas o históricas, sumisas al orden hegemónico y globalizado.
La vertiginosa industria del entretenimiento sujeta a las leyes del espectáculo, ha sido impuesta como el posmoderno remplazo de la lenta y evolucionada cultura moderna. Toda experiencia del arte hoy está sometida a la lógica de divulgación de los mass media, y a las leyes del populismo estético. La velocidad del proceso civilizatorio, con su producción, su distribución y su consumo atentan contra el tiempo biológico del proceso poético. La velocidad del cambio de imágenes no permite la evolución natural de la imagen en mito. El vértigo de las prácticas sociales, que remplazan unos modelos por otros, ha determinado la desaparición de los ritos. Las modas han aplastado las maneras, las costumbres, los estilos. La velocidad depredadora de las acciones políticas hace ver la ética como una inútil antigualla, que lo único que hace es estorbar y perturbar la distribución y consumo de los nuevos modelos ideológicos globalizados, envasados con etiquetas ligth. Al fin, lo único que verdaderamente les importa es el mercado y su ganancia.

El poeta siembra una duda para que germine una flor que conspire contra la cizaña cultivada por el poder. Porque la poesía no se construye, sino que brota. Brota con sus contradicciones inherentes, como la espina y la rosa que son una sola. Cuando el poeta grita es el contenido del grito el que determina la calidad del poeta, y el sentido del grito. La poesía nos da respuestas a preguntas que no nos hemos formulado.
Porque nadie me ha preguntado respondo: hay que poner fin a esta guerra del mundo contra el hombre y del hombre contra la Tierra. El mundo se ha convertido en un monstruo para el hombre, y el hombre se ha transformado en un monstruo para la Tierra, a pesar de la belleza de la materia, a pesar de la belleza de la naturaleza, y a pesar de la belleza de eso que llamamos –no sin culpa– naturaleza humana, expresión que se ha vuelto contradictoria por la deserción de la naturaleza que ha perpetrado el ser humano… con una sonrisa siniestra. Sonrisa que es manifestación del taimado triunfo del ser humano sobre la naturaleza y sobre el otro ser humano.
Ya no es posible dar un paseo por el universo antes de regresar a nuestra casa. Todo viaje termina en la casa. Olvidamos que la casa se hizo, no tanto para protegernos de las inclemencias del clima, como para soñar. Ya se nos ha hecho imposible besar las estrellas antes de llegar a casa a besar a la amada, a nuestros hijos. Hemos perdido nuestra vida cósmica y nuestra vida íntima, que era lo que nos hacía humanos. Sería preciso que todos los días, al salir de nuestra casa, besáramos la Tierra. Sólo así, quizás, volvería a germinar esta Tierra baldía.
El hombre es la esquina donde el universo y la casa dialogan, donde Dios y la rosa ponen fin a sus celos mutuos. La poesía es la encrucijada donde se abrazan el ojo y el pensamiento. Donde lo que se ve y lo que se piensa se amalgaman en el crisol de la belleza.
Toda idea da un salto de alegría cuando es manifestada en poesía. §